Pintura china y sumi-e: meditación y belleza

No es por casualidad que en tiempos de incertidumbre y desasosiego como los que atravesamos, sean cada vez más las personas que dirigen su interés hacia las disciplinas de higiene mental y de desarrollo personal que vienen practicándose en Oriente desde hace siglos.

En la búsqueda de mayores niveles de bienestar, de autoconocimiento y de salud, son cada vez más quienes han hallado en la espiritualidad, sabiduría, y en el ejercicio de sus artes y caminos de perfeccionamiento, espacios para la calma, el encuentro con uno mismo y el cultivo de su creatividad y sensibilidad.

No por casualidad es, entonces, cada vez mayor el número de personas de todo el mundo que aprecian y se ejercitan en la práctica de la pintura china y el sumi-e. En estas disciplinas artísticas encuentran, no solamente el placer de crear belleza a través de las formas que surgen del pincel, en las delicadas armonías de la tinta sobre la liviandad del papel de arroz, en gestos espontáneos y llenos de energía, sino que descubren en ellas una verdadera vía de crecimiento personal, y un método de meditación activa, puesto que implican por parte del pintor, la adopción de una actitud consciente imbuida totalmente en el Presente, en el “aquí y ahora” de la ejecución de la obra.

De entre las distintas técnicas y estilos de pintura oriental, destaca por su sencillez y fuerza expresiva la técnica del sumi-e. Con esta palabra japonesa es conocido en todo el mundo un estilo de pintura a pincel con tinta china, cuyo origen está muy relacionado con el de la caligrafía, y que, básicamente, consiste en una aguada monocroma realizada en tinta negra sobre el blanco papel de arroz.

El sumi-e se desarrolló en China durante la dinastía Tang (618 - 907) con los maestros Wu Daozi y Wang Wei, y se implantó como estilo durante la dinastía Song (959 - 1279) con pintores como Hsia Kuei, Ma Yuan, y Liang Kai, entre otros.

Desde China fue introducido en Japón alrededor del siglo XIII. Y fue entonces, cuando inspirados por los maestros chinos de la dinastía Song, siguieron el camino del sumi-e muchos pintores japoneses: Shubun, Soga Jasoku, Sesshu, Mushashi y los monjes zen Hakui y Sengai, que lo usaron como un ejercicio de meditación. Ellos valoraron la libertad del uso del color, al usar sólo las sombras derivadas de la tinta, en la inmensa gama de matices desde el negro puro hasta el blanco del papel. Esto enfatizaba líneas, sombras y sentimientos emocionales, y encontraron que requería más disciplina, por lo que resultaba enormemente adecuado para su práctica espiritual.

Aquel que maneja el pincel ha de ejercitarse en cultivar la receptividad, para dejar que dentro de sí resuenen los sentimientos y las emociones que la contemplación de las imágenes de la naturaleza le inspiran.

Al disciplinar y aquietar la mente, el pintor deja a un lado el miedo, deja atrás los prejuicios y las dudas. Deja de lado la parte de sí mismo que intenta controlarlo y juzgarlo todo. Deja a un lado su Ego y consigue que ni la pereza ni el capricho lo gobierne, y permite que el inconsciente actúe libre y espontáneamente. Permite que su Yo consciente se haga a un lado y se convierte en un Vacío receptivo que se llena de fuerza espiritual, y de potencia creativa que hará su aparición a través del gesto del pincel.

Con mucha paz interior y serenidad meditativa, a través de la tinta y del pincel surgen imágenes que captan la esencia y el movimiento de lo que se observa o de lo que se ha cultivado en nuestro pensamiento. Por esto se concibe al sumi-e no solamente como una técnica asiática de pintura, sino también y cada vez en más consideración, como forma de terapia espiritual de relajación y autoconocimiento.

El ejercicio de la pintura se entiende, como vemos, a la manera de un compromiso personal del pintor en el seguimiento de unos preceptos éticos de autocuidado, que van mucho más allá de la concepción de la pintura como práctica que busca la belleza, y que se concibe principalmente como un camino de realización personal y de autocultivo que persigue la armonización del espíritu del hombre con las leyes del Tao.

La unidad el hombre con el Tao se equipara a la unidad del hombre con la naturaleza, y el cultivo del Tao significa buscar la armonía del espíritu del hombre con las leyes que rigen el ritmo de la naturaleza. Se busca estar en consonancia con el curso del Tao, para llegar a alcanzar un estado psicológico de paz y serenidad en el que la mente esté en calma y nada distorsione la clara percepción de la realidad.

La obra de arte surge así como fruto de la disciplina y el trabajo constante, de la concentración y de la completa absorción de la mente del pintor en el momento creativo. Como si estuviera en un estado sublime de comunión con la naturaleza, de identificación total entre el sujeto que pinta y el objeto que es pintado.

Un poema de Su Dongpo describe muy bien este estado:

“ Cuando Yu ke pinta bambúes
todo es bambú, nadie es gente.
¿Acaso no ve a la gente?

Tampoco se ve a sí mismo.
absorto, bambú se vuelve,
un bambú que crece y crece.

¿Quién otro tiene
ese poder para irse sin moverse?”

La pintura que surge en este estado de concentración y de abandono de sí mismo, no pretende imitar las formas de la naturaleza, sino que busca imitar los gestos de la naturaleza, y actuar como ella lo hace, libre y espontáneamente, revelando los sentimientos y emociones que nacen en el espíritu del hombre.

Gracias al trabajo de preparación mental y al trabajo de desarrollo espiritual de búsqueda de armonía y de equilibrio con las leyes de la naturaleza, y a la disciplina y al trabajo constante que conlleva, la práctica de la pintura es considerada así como un medio curativo, que sirve para expulsar las obsesiones y ansiedades que acechan la mente del pintor y que le impiden encontrar la serenidad.

De nuevo Su Dongpo, nos ilustra sobre cómo debe actuar el pintor en el momento de la creación:

"Antes de pintar un bambú, has de dejarlo crecer dentro de ti. Entonces, el pincel en la mano, la mirada concentrada, la visión aparece de pronto ante los ojos. Y atrapémosla cuanto antes con nuestras pinceladas, porque puede desaparecer tan súbitamente como la liebre ante los pasos del cazador”.

Así como la preparación espiritual y la búsqueda de un estado mental sereno y tranquilo, la preparación técnica y el trabajo constante forman parte de la disciplina del pintor.

Éste ha de practicar la técnica continuamente, tiene que ejercitar su mano y practicar día tras día la pincelada, y ha de hacer que el pincel sea como una extensión de su mente, y que sea como un canal por el que se exprese el Chi, la fuerza vital que se entiende cómo la manifestación sensible del Tao en su eterno proceso de transformación.

Las obras de los pintores de sumi-e y de pintura oriental se ha de valorar, como vemos, por la capacidad de transmitir mediante la pincelada la fuerza vital, y de reflejar la unión espiritual del hombre con el eterno fluir del Tao. Se valora la expresividad de una pintura por encima de la representación formal. Se considera mucho más importante transmitir la esencia del objeto que su parecido realista. Se prefiere la expresión subjetiva de los sentimientos que un paisaje o una flor producen en el pintor, que la representación realista de una escena.

El momento de la creación se venera tal como un acto sagrado y se preparan el lugar, la mesa y los instrumentos de trabajo con mucho cuidado y delicadeza, como en un ritual, creando un espacio donde el espíritu del arte pueda hacer su epifanía a través de los gestos del pincel y el cromatismo de la tinta.

Las palabras del pintor Guo Xi recordando a su padre nos hablan de esa ceremonia previa al encuentro con la creación:

“El día que iba a pintar, se sentaba junto a una ventana iluminada. Ponía la mesa en orden, quemaba incienso a su derecha e izquierda y colocaba cuidadosamente ante él pinceles buenos y tinta excelente. Se lavaba luego las manos y enjuagaba el tintero, como si fuera a recibir a un distinguido huésped. Permanecía silencioso largo rato, con el fin de calmar su ánimo y concentrar sus pensamientos. Sólo cuando poseía la visión exacta comenzaba a pintar.”

Cuando llega el momento de la pintura, el pintor coge la barra de tinta y va disolviéndola lentamente en la piedra, embriagándose de su perfume, preparándose para la acción, olvidándose de sí mismo y de todo lo demás, concentrando todo su pensamiento en el acto que va a tener lugar. Aguarda, y entonces, al llegar el momento preciso, coge el pincel, lo moja en la tinta y en un gesto decidido y espontáneo mancha el papel.

Esa primera pincelada crea el mundo. A partir de esa primera pincelada, la pincelada única, como la llamaba el famoso pintor Shitao, surgen una tras otra todas las demás pinceladas, sin miedo, sin dudas, sin vacilar un segundo.

La mente del pintor está absolutamente concentrada en los gestos. Es como si una mano divina guiara el pincel: no hay retoque, no hay vuelta atrás, las formas surgen en el papel como crecen las flores en la naturaleza.

Escuchemos las palabras de Shitao:

“La pincelada única es el origen de todas las cosas, la raíz de todos los fenómenos; su función es manifiesta para el espíritu y se oculta en el hombre, pero el vulgo la ignora...La pintura emana del intelecto; ya se trate de la belleza de montes, ríos, personajes y cosas, o de la esencia y el carácter de los pájaros, los animales, las hierbas y los árboles, o de los tamaños y las proporciones de los viveros, los pabellones, los edificios y las explanadas, no se podrán comprender sus razones ni agotar sus variados aspectos si, en última instancia, no se domina la inmensa mesura de la pincelada única. Por muy lejos que vayas, por muy alto que subas, has de dar primero un simple paso. Así, la pincelada única lo abarca todo, hasta la más inaccesible lejanía, y de diez mil millones de pinceladas, no hay una cuyo comienzo y final no moren en esta pincelada única, cuyo control pertenece sólo al hombre. Por medio de la pincelada única, el hombre puede restituir en miniatura una entidad mayor sin perder nada de ella: a partir del momento en que el espíritu se forme primero una clara visión de ella, el pincel irá hasta las raíces de las cosas...A no ser por la pincelada única, ¿se puede acaso desbrozar el caos original?...Realizar la unión de la tinta y el pincel es resolver la distinción entre yin y yang, y empezar a desbrozar el caos...En medio del océano de la tinta asentar con firmeza el espíritu; en la punta del pincel, que se afirme o brote la vida; que en la superficie de la pintura hacer que obre la metamorfosis; ¡que en el corazón del caos se instale y estalle la luz!”

Mariano Soto

Licenciado en Bellas Artes.
Artista especializado en pintura oriental.

www.marianosoto.com

 

 

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